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EL PODER TRANSVERSAL

 

Demetrio Mallebrera Verdú

 

El periodista, escritor y profesor Bernardi-no M. Hernando, en un interesante artículo que he-mos podido leer en la publicación "Cuadernos de Periodistas" propone que a la prensa y a los medios de comunicación en general, bautizados desde hace siglos como Cuarto poder, y en los últimos años co- mo Contrapoder, se les denomine mejor como el "Poder transversal" por parecerle más exacto y ajus tado a la realidad, y porque, admitiendo que sea un poder aunque nunca en su pleno significado, por lo menos influye en las personas y en las conductas, y lo suyo es ejercer el cometido más necesario y efi-caz no sólo de nuestro tiempo, el de realizar funcio- nes que son demostradamente útiles a la sociedad, atravesando, digamos, todos los campos (yermos o sembrados): política, economía, sucesos, deportes

            Lo de Cuarto poder le viene al periodismo en el siglo XVIII, al atribuirle falsamente a Ed-mund Burke la frase que así lo define. Hernando dice que Burke jamás dijo eso aunque puso las ba-ses para que en el XIX la escribiera el periodista, político e historiador Macaulay, tomando como ba-se la suposición de que estaban establecidos tres grandes poderes para gobernar la sociedad: legisla- tivo, ejecutivo y judicial; si bien esa división jerár-quica le fue adjudicada a Montesquieu y la verdad es que procede de Aristóteles. Hay frases en la vida de los pueblos que nacen afortunadas o por lo me-nos marcan decididamente, pese a haber surgido de forma casual. Y eso es lo que aconteció con esta disciplina de un modo relevante al creerse todo el mundo que trabajar el periodismo era vivir un alto poder al que había que respetar e incluso venerar. Eso explica la fortuna y el éxito de la profesión en el XIX, donde tener un periódico era algo parecido a gozar de una personalidad y de una identidad de-mostrada en hojas volanderas por parte de asocia-ciones y de partidos políticos, y el no va más en el XX donde los sustentadores de poder necesitaban dar razones de sus actuaciones y adoctrinar sobre sus beneficios. Hoy nos llega todo esto como una anécdota del pasado, pero no deberíamos olvidar que aquella valoración hizo posible la continuidad y la nueva definición de nuestros días, en los que vemos ciertamente quién denuncia, quién investiga y quién difunde los hechos trascendentales.

Ya se sabe lo que ocurre cuando parece que hay que rendir cuentas a cualquier poder, que acaba por  parecernos  despreciable. Durante siglos los in-

 

formadores eran a la vez, y según los intereses de los actuantes, adulados y amenazados. Era aquello un cuarto poder, en efecto, después del realizado por el despótico, el político y el económico. Bal-zac, por citar un ejemplo retórico, que afirmó que aborrecía el periodismo al que denominó fuerza suprema que lo mueve todo, vino a introducir una fascinante desviación del juego de los poderes al indicar sin tapujos que el dinero era quien de ver-dad lo movía todo. Los atrevidos en oponerse a los dictados de la prensa eran adinerados que convirtie ron a los periodistas en carne de cañón como toda-vía puede verse en la actualidad. Fueron ellos los que cuestionaron ese tópico cuarto poder, subversi-vo para sus intereses, al que habría que acusar de Contrapoder.

            El poder del tiempo presente lo marca el mercado, la audiencia, el negocio que funciona; la perspectiva empresarial, la ideología del beneficio que siempre gana cuando no apuesta por plantea-mientos morales. Los esquemas son idénticos para todos: informar, enseñar, divertir; si bien son ren-tables cuando hacen perder el tiempo con naderías, avergüenzan con indecencias, degradan con esca-brosidades, aligeran la vida con obscenidades y nos fuerzan a ver como normal lo que no lo es. Hace unos años se realizó una encuesta entre estudiantes de periodismo para que indicaran la principal razón para dedicarse a este noble oficio. Las principales respuestas se centraron en el gusto por escribir y en el deseo de influir en los cambios sociales. Es el poder transversal que desea ser edificante.

 

Charles de Montesquieu

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