Índice de Documentos > Boletines > Boletín Abril 2008
 


Antonio Aura Ivorra

DISCÍPULOS Y MAESTROS


     Desde impúber curioseaba su entorno reducido de espacio, escaso de oportunidad, constreñido a la enciclopedia. El planisferio en la pared azuleando de mares y océanos, y el globo terráqueo en la mesa, sobre el que exploraba territorios remotos con solo rodar, daban alas a su imaginación y vigor a su memoria. Era cuanto alcanzaba a ver en aquellas circunstancias de apretura. Sin embargo, su guía, un maestro sabio, atesoraba un semillero de conocimientos que cuidaba con esmero y trasplantaba en el momento conveniente previa preparación adecuada del terreno. Porque solo entonces germina la siembra; y aun así no siempre ocurre, decía.

 

     Él tuvo suerte. Del ambiente propicio y el guía adecuado recibió buena dote.

 

     Finalizada la tutela, tuvo que proseguir el camino de la vida entre asperezas y peñascos escarpados, en solitario, procurando evitar la perversión que producen las manipulaciones y los excesos. Advirtió que los medios de comunicación de masas, voceadores, televisuales o gráficos, unos necesarios, imprescindibles, otros tan solo gárrulos, panfletarios, y todos tecnológicamente avanzados, divulgan, generan, amplifican tal cantidad de información, noticias, opiniones, publicidad, propaganda… chismes, zascandileos…, que confunden y desorientan sesgando o trivializando lo importante a conveniencia; definiendo lo uno y lo otro, lo trivial y lo importante a su criterio, y estimulando la comunicación no solo como meros transmisores. Máxime cuando todos utilizan la persuasión como estrategia imperceptible para crear situaciones virtuales convincentes y estados de opinión predeterminados desde su particular apreciación; ofuscando. Y también, aunque parezca paradójico, estimulando desde la autoridad que se arrogan la capacidad de discernir. Afortunadamente.

 

     Ante tal vendaval y aparente desorden, -que no es tal, las cosas son como son- notó el trastorno de sus creencias, zarandeadas por el conflicto entre su experiencia personal y la de su entorno social como si fuera un inmigrante recién llegado al grupo, tratando de acomodarse. Pero en su soledad, afortunado él, a lo largo del camino encontró algún compañero cabal dispuesto a corregir o a certificar su percepción de la realidad, ayudándole a racionalizar correctamente los acontecimientos. Con su ayuda aseguró su progreso en el vivir como asegura el piolet al alpinista en su escalada; remontando asperezas, enderezando el rumbo o metamorfoseándose llegado el caso, apartando la cizaña del trigo y manteniendo el huerto limpio de malezas, preparado  para  seleccionar nueva semilla entre la información que, abundante, sigue llegando desde cualquier parte como una mercancía más.

 

     La curiosidad es un deseo que requiere mesura, control y selección, porque pretende averiguar lo que no nos concierne. Al tiempo que estímulo para mantenerla  viva, necesita riendas para que sea fructífera y provechosa. O caballones o tablachos como los de las acequias de riego, para que llegue el caudal suficiente, en su justa medida y a su debido tiempo, para satisfacerla. Nunca para empacharla. Principios, conocimientos y maneras irrigan al infante, que pletórico de savia poco a poco pretenderá crecer solo, sin saber que necesitará contención y pócima depurativa en caso de hartazgo o empalago, puesto que son muchos los ingredientes entre los que escoger y demasiados los cocineros que los pretenden preparar. Tantos, que estropean el guiso en ocasiones.  Porque “cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces.” Así se lo dijo su mentor.

 

     Y así, con el tiempo, lo descubrió el discípulo.

Volver